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CARTA BREVE PARA UN LARGO ADIÓS de Peter Handke

La pasión por el cine del dramaturgo y novelista austriaco Peter Handke ha quedado reflejada sobre todo en sus colaboraciones como guionista, a veces de sus propias obras, con Wim Wenders y en sus propias incursiones como cineasta. Pero esa pasión también se ha puesto de manifiesto en algunas de sus novelas.

        En Carta breve para un largo adiós (Der kurze brief zum langen abschied, 1972), crónica de un viaje a través de los Estados Unidos a la vez que del viaje interior del protagonista, Handke no sólo introduce continuas referencias cinematográficas, sino que llega a presentarnos al mismísimo John Ford como personaje, como símbolo de la cultura norteamericana que atrae al novelista. Un guiño a los lectores cinéfilos y una razón más para conocer esta formidable novela.

        “-Me gustaría estar siempre con alguien -dijo John Ford-, y me gustaría también marcharme siempre el último de una reunión, porque no quiero que ninguno de los que se quedan me critique, y quiero impedir también que se critique a los que se marchan. Así he rodado también mis películas.”

              Traducción de Miguel Sáenz.

              Publicada por Alianza Editorial.

Recordando a Patricia Highsmith

Patricia Highsmith habría cumplido hoy 90 años. La verdad es que uno no se imagina a una escritora alcohólica, lesbiana, misántropa (como muchos de sus personajes) y siempre marcada por sus escandalosas opiniones recogiendo el Nobel de Literatura, lo cual no es excusa para otra más de las grandes injusticias de la Academia Sueca, y ahí están sus mejores novelas para recordárnoslo: El cuchillo (The blunderer, 1954), Mar de fondo (Deep water, 1957), Ese dulce mal (This sweet sickness, 1960), o las cinco protagonizadas por Tom Ripley, entre muchas otras. Novelas criminales que forman parte de la mejor literatura del pasado siglo, en las que la policía o el detective de turno no encuentran su espacio, en las que el protagonista es la víctima, el sospechoso o el asesino, impresionantes retratos de las zonas más oscuras de -como diría André Malraux- la condición humana. Sólo Simenon, jugando en la misma liga, estuvo a su altura.

        Como ha ocurrido con tantos otros autores estadounidenses, fue en Europa donde antes se la reconoció como la gran escritora que era y, a excepción de la adaptación de 1951 que realizó Alfred Hitchcock de su primera novela Extraños en un tren (Strangers on a train, 1950), donde sus obras mejor han sido llevadas al cine, de la mano de algunos grandes como René Clément, Wim Wenders o Claude Chabrol.

        Aquí os dejo un fragmento, en la traducción de Marta Sánchez Martín, de Mar de fondo. A día de hoy, quizás sea mi novela preferida de la Highsmith; mañana, afortunadamente, podría ser cualquier otra.

        “Echó a andar con paso alegre -el trayecto hasta el coche del policía, al final del camino de entrada, le pareció interminable- y empezó a sentirse libre y eufórico, y también inocente. Miró a Wilson, que caminaba a su lado, todavía recitando tediosamente su información, y, con aire sereno y feliz, Vic siguió contemplando el movimiento de la mandíbula de Wilson, pensando en la multitud de gente como él que había en el mundo, quizá la mitad de la gente que había en el mundo era de su especie, o potencialmente de su especie. Y pensó que no estaba nada mal abandonarlos a todos ellos. Los pájaros feos sin alas. Los mediocres que perpetuaban la mediocridad, que realmente luchaban y morían por ella. Se sonrió ante la mueca de Wilson, ante la mueca resentida y el rostro que parecía decir “el mundo me debe una vida”, y que era el reflejo de la mente estrecha y embotada que se escondía detrás. Y Vic maldijo aquella mente y todo lo que representaba. En silencio y con una sonrisa, y con todo lo que quedaba de él, la maldijo.”

                                              Patricia Highsmith

(Fort Worth, Texas, 19 de enero de 1921 – Locarno, Suiza, 4 de febrero de 1995)

ESTA SALVAJE OSCURIDAD de Harold Brodkey

Tardé bastante tiempo en decidirme a leer Esta salvaje oscuridad (This wild darkness, 1996). De Brodkey conocía ya sus magníficos relatos y sus no tan conseguidas novelas, pero un ejercicio de exhibicionismo como es el relato de la propia muerte por parte de un escritor tan controvertido y narcisista no era una lectura que me sedujera demasiado. Tampoco ayudaba mucho el hecho de haber visto la puesta en escena de la enfermedad y muerte de Nicholas Ray en Relámpago sobre agua (Lightning over water, 1980), un film por momentos fascinante y sobrecogedor pero en el fondo muy discutible, dirigido por Wim Wenders, y que en cine es lo más cercano a lo que escribió Brodkey. Pero como su personalidad siempre me ha atraído y, sobre todo, algunos de sus relatos se cuentan entre mis preferidos, finalmente caí en la tentación de, al menos, echarle un vistazo al libro. Afortunadamente.

        Más allá de si lo escrito por Brodkey es totalmente sincero, y de la impostura inherente a la búsqueda de la belleza estética, cosas que a mí, como lector, me importan más bien poco, esta crónica del final de una vida, de la espera consciente de la muerte a manos de una enfermedad que va dejenerando el cuerpo y la mente, y de la dependencia total de los cuidados de su esposa, es una colección de fragmentos deslumbrantes y conmovedores, de una belleza literaria más frecuente en la poesía que en la narrativa, en los que el autor sigue mostrándose, como durante toda su vida, arrogante, rebelde y orgulloso de su pasado, de la homosexualidad por la que ha contraído el sida, y de su obra literaria, tan querida como despreciada por la crítica norteamericana.

        Probablemente el legado literario de Brodkey no sea, en su conjunto, la obra magna de la literatura norteamericana que él pretendía, ni su figura haya conseguido situarse entre las de los más grandes escritores del siglo xx (lo cual afirmaba ser, a saber si para provocar a los que no apreciaban su literatura), pero lo que sí tengo claro es que, cuando era bueno, Harold Brodkey era uno de los mejores, y las valientes y desgarradoras páginas de Esta salvaje oscuridad son buena prueba de ello.

        “El futuro es mi propiedad. La fortuna que dejaré a éste y aquél es el espacio que les dejo yéndome. Soy Harold Brodkey. (Ahora tengo celos hasta de mi nombre, de las mismas letras impresas; son unos celos leves pero me inundan y por unos segundos no sé bien qué hacer con su vivo hormigueo).

        Buena parte del tiempo no hago nada. Me tumbo en la cama o en el porche. Miro fijo a la muerte, y la muerte me mira.”

        “Es posible que uno se haya cansado del mundo -que esté cansado de los que cagan plegarias, de los que cagan poemas, cuyos rituales distraen y son simpáticos y agradables pero peor que irritantes porque carecen de realidad- y siga queriendo mucho la realidad. Uno quiere vislumbres de lo real. Dios es una inmensidad; mientras que esta enfermedad, esta muerte que está en mí, este pequeño hecho, bien concreto, pedestre, es meramente real, sin milagros ni adoctrinamientos. Estoy en una balsa desamarrada, un punto que se mueve en la blanda, fluida superficie de un río. Por todos mis pensamientos, en ondas cada vez más amplias, se extiende lo desconocido, el tenso equilibrio, los miedos y la precariedad. ¿Paz? Nunca la hubo en el mundo. Pero en viaje por las dóciles aguas, bajo el cielo, sin amarras, yo oigo ahora mi risa, primero nerviosa, luego de auténtico asombro. Me rodea por entero.”

                  Traducción de Marcelo Cohen.

                  Publicado por Anagrama.