Archive for the ‘Yasujiro Ozu’ Tag

Adiós a Setsuko Hara

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Aunque su familia no difundió hasta ayer la noticia de su fallecimiento, Setsuko Hara -cuyo nombre real era Masae Aida- nos dejó el 5 de septiembre, a la edad de 95 años. Conocida sobre todo por sus trabajos para el gran Yasujiro Ozu, su presencia ha quedado para siempre como una de las más importantes, admiradas e influyentes de todo el cine japonés -a pesar de abandonar su carrera como actriz y la vida pública a los 42 años-, hasta el punto de inspirar, según parece, el personaje protagonista de la estupenda película de animación Millennium Actress (Sennen joyû, 2001), dirigida por Satoshi Kon.

Mi película preferida de las protagonizadas por esta inmensa actriz, Primavera tardía (Banshun, 1949), ya tuvo aquí su propio espacio hace tiempo, así que hoy la recuerdo en otras tres de las muchas maravillas que lo habrían sido menos sin ella: No añoro mi juventud (Waga seishun ni kuinashi, 1946) de Akira Kurosawa, Cuentos de Tokio (Tokyo monogatari, 1953) de Ozu y La voz de la montaña (Yama no oto, 1954) de Mikio Naruse, la maravillosa adaptación de la novela homónima escrita por otro grande, Yasunari Kawabata.

Gracias por todo.

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Isuzu Yamada, la gran Lady Macbeth del cine

El pasado 9 de julio nos dejó, a los 95 años, la actriz Isuzu Yamada, una de las grandes del cine japonés. A lo largo de su carrera trabajó con muchos de los mejores cineastas nipones, entre ellos Mizoguchi -su mejor colaboración me parece Las hermanas de Gión (Gion no shimai, 1936)- y Ozu, para quien protagonizó la impresionante Crepúsculo en Tokio (Tokyo boshoku, 1957). Sus interpretaciones más vistas en nuestro país, lógicamente, son las que realizó para Kurosawa, el director japonés más conocido y difundido en Occidente. Yamada aparece en Los bajos fondos (Douzoko, 1957) -una adaptación que no me gusta demasiado de la obra teatral de Gorki, llevada al cine años antes y algo mejor por Jean Renoir-, en la magistral Yojimbo (1961) y, sobre todo, en la obra maestra Trono de sangre (Kumonosu-Djo, 1957), tremenda adaptación del Macbeth de Shakespeare, mejor incluso, en mi opinión, que las rodadas por Orson Welles y Roman Polanski. Junto al gran Toshiro Mifune, la actriz da vida, casi recurriendo sólo a la fuerza de su mirada, a la mejor Lady Macbeth que ha visto el cine. Sin duda, su interpretación más recordada.

NUBES FLOTANTES (1955) de Mikio Naruse

Las grandes filmografías de Ozu, Mizoguchi y Kurosawa han conseguido que el cine japonés goce de un merecidísimo prestigio internacional, pero también han logrado sin pretenderlo eclipsar la obra de otros grandes cineastas nipones clásicos, decisiva para que algunos aficionados al cine consideremos a la cinematografía japonesa entre las más importantes.

        Mikio Naruse suele ser considerado el cuarto en discordia, e incluso los que no acaban de comulgar con el cine occidentalizado de Kurosawa opinan que Naruse debería ocupar su lugar en el triunvirato. Dejando de lado los gustos de cada cual y las controversias a menudo apasionantes pero que no suelen llevar a nada (algún día aparecerá por aquí Masaki Kobayashi, y entonces a ver en qué lugar colocamos a esa otra bestia cinematográfica), las películas que conozco de Naruse me lo sitúan más cercano a Ozu que a los otros dos grandes, tanto en la manera de filmar, sin grandes movimientos de cámara y otorgando todo el protagonismo a los actores y sus personajes, como al contar de manera realista historias del Japón de su época, aunque con un mayor pesimismo y sin el humor y la inocencia que a menudo aparecen en el cine de Ozu.

        Nubes flotantes (Ukigumo), una de sus obras maestras y una manera inmejorable de adentrarse en la filmografía de Naruse, cuenta la relación a lo largo de los años de la joven Yukiko (Hideo Takamine) con el maduro hombre casado Tomioka (el gran actor Masayuki Mori, impresionante su duelo interpretativo con Toshiro Mifune en Rashomon (1950) de Kurosawa) desde que se conocen durante la guerra. Naruse nos muestra sus encuentros y separaciones, sus relaciones paralelas, la pobreza y la riqueza que ambos conocen, el odio y el desprecio que a menudo siente Yukiko por Tomioka, y la invencible convicción de que ambos se aman y se necesitan por encima de todo. De manera siempre serena, sin recurrir a estridencias melodramáticas ni a fáciles sentimentalismos, sin ni siquiera buscar esos dos o tres momentos álgidos que destaquen del conjunto, Nubes flotantes me parece una de las historias trágicas de amor más hermosas, enfermizas y apasionadas que nos haya dejado el cine.

                Editada en DVD por Filmax.

TOKYO-GA (1985) de Wim Wenders

Admirador de la obra de Yasujiro Ozu, el cineasta alemán Wim Wenders hizo su particular viaje a Tokio para comprobar si en la capital japonesa quedaba algo de lo que mostraban las películas del director. Las imágenes que grabó forman el documental Tokyo-Ga, que enseña una ciudad completamente occidentalizada (americanizada), en la que la gente mata el tiempo jugando a las tragaperras y a los videojuegos, los jóvenes bailan rock and roll en las plazas, y donde abundan los locales de comida rápida. Como contrapunto a ese Japón moderno, Wenders intercala las conversaciones con el actor Chishu Ryu y el camarógrafo Yuharu Atsuta, colaboradores habituales de Ozu, que le recuerdan de manera emocionada, y fragmentos de Cuentos de Tokio (Tokyo monogatari, 1953) -también conocida como Viaje a Tokio-, la película más célebre de Ozu. Para terminar el documental, Wenders elige precisamente el final de esa obra maestra del cine, en el que el anciano protagonista contempla la ciudad a través de la ventana de su casa, ya completamente solo.

        Tokyo-Ga es un breve y sentido homenaje a una ciudad y un cine ya desaparecidos, y con él Wenders consigue lo que, probablemente, persigue ante todo: que no decaiga la sana costumbre de continuar viendo películas de Ozu.

VIVIR (1952) de Akira Kurosawa

El caso de Vivir (Ikiru, 1952) es bastante curioso. Ha pasado dikiru2e ser, durante bastante tiempo, la película más prestigiosa de Akira Kurosawa, a desaparecer  completamente de las listas e, incluso, a no haber sido vista por buenos aficionados al cine. Su lugar en las preferencias de críticos y público ha sido ocupado, sobre todo, por Rashomon (1950) y Los siete samurais (Shichinin no samurai, 1954), y en menor medida por Dersu Uzala (1975) y Ran (1985), todas ellas también obras mayores, aunque mi preferida sigue siendo esta impresionante historia sobre la vejez y la enfermedad, sobre la vida y la muerte, encarnadas en el personaje del funcionario Watanabe (¡qué pedazo de interpretación de Takashi Shimura!, uno de los actores predilectos del director japonés), quien, al enterarse de su enfermedad terminal, intentará darle sentido a su vida en el poco tiempo que le queda.

         Dentro de la general maestría de un film que, probablemente, tuvo en cuenta Isabel Coixet a la hora de filmar su fantástica Mi vida sin mí (My life whitout me, 2002), hay dos momentos que me siguen pareciendo especialmente sobrecogedores: la escena en que Watanabe, borracho tras una noche de juerga, canta en un susurro La vida es corta, mientras la gente abandona la pista de baile y le observa (Kurosawa fija la cámara durante un rato en el rostro del personaje, consciente de lo que Shimura era capaz de crear); y, por supuesto, el instante en que nuestro protagonista se columpia, sonriendo y cantando, bajo la nieve: motivo para el póster del film y uno de los momentos más bellos y míticos de todo el cine japonés.

        La película de Kurosawa es, en fin, una de las imprescindibles a la hora de comprobar la mirada que ha lanzado el cine sobre la vejez, la soledad y la memoria en los últimos años de la vida. En un hipotético ciclo que ilustrase el tema podrían acompañarla Dejad paso al mañana (Make way for tomorrow, 1937), la impresionante y poco conocida obra maestra de Leo McCarey; Primavera tardía (Banshun, 1949), del también cinesta nipón Yasujiro Ozu; Umberto D (1952), una de las cumbres del neorrealismo italiano dirigida por Vittorio de Sica; y El último hurra (The last hurrah, 1958), la crónica de John Ford sobre los últimos días de un político que es derrotado en las urnas mientras asiste al fin de una época.

                       Editada en DVD por Filmax.