EL CABALLERO Y LA MUERTE de Leonardo Sciascia

Hay autores que nunca defraudan, que son un valor seguro, un lugar al que regresar de vez en cuando en busca de buena literatura, de literatura inteligente: Sciascia es uno de ellos. Y no es que en todas sus novelas encontremos la maestría de El consejo de Egipto (Il consiglio d´Egitto, 1963) y de Todo modo (1974), para mí las dos mejores, pero el conocedor de la obra del escritor siciliano sabe que en cualquiera de sus obras puede encontrar entretenimiento, humor, denuncia, tramas policiacas e historia de Italia, y todo ello servido con una indudable brillantez narrativa.

        El caballero y la muerte (Il cavaliere e la morte, 1988) es, sólo en apariencia, una novela policiaca protagonizada por El Vice, un vicecomisario del que no conocemos su nombre que ha de investigar la muerte de un poderoso abogado y político a manos, supuestamente, de un nuevo grupo revolucionario autodenominado “Los hijos del 89”. Pero a Sciascia -y, por tanto, a nosotros como lectores- no le interesa tanto narrar la investigación y descubrir al culpable (abstenerse los que sólo busquen una típica trama detectivesca) como mostrar las reflexiones -a raíz de este último caso y de la contemplación recurrente de El caballero, la muerte y el diablo, el grabado de Durero que tiene colgado en su despacho- sobre su muerte y sobre la estupidez, el dolor y el mal que dejará tras de sí, de un personaje descreído, agotado y enfermo, que busca los últimos momentos de felicidad en las lecturas de su adolescencia, y en el que no es difícil ver reflejado al propio autor. Sciascia moría al año siguiente de la publicación de esta novela, probablemente la más sincera y personal de cuantas escribió.

   

        “Entretanto contemplaba El caballero, la muerte y el diablo. Quizá Ben Gunn, a juzgar por la forma en que lo describía Stevenson, se pareciese un poco a la muerte de Durero; y hasta le pareció que la muerte de Durero adquiría un reflejo grotesco. Siempre lo había inquietado un poco el aspecto cansado de la muerte, como si quisiese indicar el cansancio, la lentitud con que llegaba cuando ya se estaba cansado de la vida. Cansada la muerte, cansado su caballo: nada que ver con el caballo de El triunfo de la muerte o del Guernica. Y la muerte, a pesar de los amenazadores oropeles de las serpientes y la clepsidra, daba más una imagen de mendicidad que de triunfo. “La muerte se va pagando con la vida”. Una muerte mendicante, que se mendiga. En cuanto al diablo, también cansado, era un diablo demasiado horrible para resultar convincente. Valiente coartada en la vida de los hombres; hasta tal punto, que en aquel momento estaban tratando de devolverle la fuerza perdida: terapias de choque teológicas, reanimaciones filosóficas, prácticas parapsicológicas y metapsíquicas. Pero el diablo estaba tan cansado que prefería dejarlo todo en manos de los hombres, más eficaces que él.”

                Traducción de Ricardo Pochtar.

                Publicada por Tusquets.

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