EL CASO DE LOS BOMBONES ENVENENADOS de Anthony Berkeley

1001013109Anthony Berkeley fue, junto a los actualmente mucho más conocidos Agatha Christie, Dorothy L. Sayers o Gilbert K. Chesterton, uno de los escritores británicos del género detectivesco más populares de su época, hasta el punto de ser admirado por Truffaut y Hitchcock. De hecho, la novela de Berkeley titulada Before the Fact (1932), escrita bajo el seudónimo Francis Iles, fue adaptada por el cineasta inglés, con múltiples cambios, en Sospecha (Suspicion, 1941).

En El caso de los bombones envenenados (The Poisoned Chocolate Case, 1929), Roger Sheringham, fundador del Círculo del Crimen, invita a los otros cinco miembros a que investiguen cada uno el-caso-de-los-bombones-envenenados-por su cuenta un asesinato que Scotland Yard no ha podido resolver. Todos ellos son, de alguna manera, detectives aficionados y famosos, excepto un tal Ambrose Chitterwick, un hombre corriente sin especiales méritos para pertenecer al Círculo, con el que, probablemente, Berkeley personifica al lector y lo introduce en la novela como un personaje más. A lo largo de las siguientes veladas, tendrán que presentar sus conclusiones y el nombre del posible asesino; no por casualidad, Chitterwick será el último en intervenir.

Estamos pues ante una novela atípica, casi un ensayo sobre el género, en la que no se nos muestra cómo evoluciona la investigación llevada a cabo por un detective, sino las diferentes soluciones que se pueden aplicar a un mismo caso, todas ellas verosímiles. Con ello, Berkeley parece teorizar sobre el género diciéndonos lo que al fin y al cabo ya sabemos: que el autor puede jugar con nosotros para, finalmente, presentarnos al culpable que considere más conveniente, siempre y cuando resulte creíble, y que nosotros, los aficionados al género, podemos ir eligiendo, a partir de las pistas, a nuestro propio asesino particular.

Es posible que a alguno se le ocurra una teoría nada más oírlo; otros podrían establecer líneas de investigación que quisieran seguir antes de pronunciarse. En cualquier caso, sugiero que nos demos una semana de plazo para elaborar nuestras teorías, verificar nuestras hipótesis y hacer nuestra propia interpretación de los hechos recopilados por Scotland Yard, y que en ese período de tiempo no discutamos la cuestión con nadie. Puede que no saquemos nada en claro (es lo más probable), pero aun así será un interesantísimo ejercicio criminológico  de carácter práctico o académico, según las preferencias de cada cual. Y lo más interesante será comprobar si llegamos o no a la misma conclusión. Damas y caballeros, se abre el turno de preguntas, o comoquiera que se diga. En otras palabras, ¿qué les parece? -Y Roger volvió a sentarse muy satisfecho en su silla.

Traducción de Miguel Temprano García.

Publicada por Lumen.

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