OCHO ESCENAS DE TOKIO de Osamu Dazai

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Me devoraba un demonio que se ocultaba y me llamaba sin cesar.

Osamu Dazai, seudónimo de Tsushima Shuji, es uno de los escritores japoneses más controvertidos del siglo XX, una apasionante figura cuya caótica vida dominada por la autodestrucción quedó reflejada en sus relatos y novelas.

dazaiNacido en el seno de una familia acomodada en 1909, estudió literatura francesa en la universidad de Tokio; pero su falta de interés por las clases le hizo abandonarla y, poco después, se enroló en el comunismo clandestino, por lo que fue encarcelado y torturado. Desheredado por culpa de su relación con una geisha, adicto a la morfina y al alcohol, intentó suicidarse varias veces hasta que lo consiguió, junto a su amante, en 1948, poco después, precisamente, de alcanzar el reconocimiento por su obra más famosa, la novela Indigno de ser humano (Ningen shikkaku, 1948).

Ocho escenas de Tokio es una selección de relatos -el género que más cultivó Dazai- en los que el autor japonés se muestra en carne viva, desnudándose como personaje. Su vida nocturna, las geishas, el alcohol, las tentativas de suicidio, las penurias económicas, el miedo al fracaso o la dificultad de organizarse para escribir forman parte de una literatura, a menudo teñida de erotismo y de un humor paradójicamente triste, en la que el protagonista muestra sus cicatrices y vuelca todas sus dudas existenciales. La belleza de los relatos de Dazai proviene no solo de las palabras sino también, y sobre todo, de la sensación de vacío que nos deja, de aquello que podemos leer sin que esté escrito, como suele ocurrir en la obra de los mejores escritores del género.

Este fragmento pertenece a Tokyo hakkei (1941), el relato que da título al libro.

Recuerdos se considera ahora mi obra inaugural. Quería poner en claro, sin el más mínimo ornamento, todas las cosas terribles que había hecho desde mi infancia. Lo escribí en el otoño de mis veinticuatro años. Me sentaba junto a la ventana de la casita y miraba el jardín abandonado, completamente cubierto de malas hierbas, incapaz de una simple sonrisa. De nuevo, mi única intención era morir. Llamadlo afectación si queréis, pero estaba harto de mí mismo. Veía la vida como un drama. Mejor: veía el drama como la vida. Ya no era útil a nadie. H., que había sido todo lo que yo podía considerar mío, tenía las manos marcadas. No existía un solo motivo para continuar viviendo. Decidí que yo, uno de los necios, uno de los condenados, interpretaría fielmente el papel que el destino me tenía reservado; el triste y servil papel de uno que inevitablemente tiene que perder.

Pero la vida, como quedó demostrado, no era un drama. Nadie sabe con seguridad qué va a ocurrir en el segundo acto. El personaje señalado por la autodestrucción permanece a veces sobre el escenario hasta que cae el telón. Había escrito mi pequeña nota de suicidio, el testamento de mi niñez, el relato de primera mano sobre un chaval odioso que, en lugar de liberarme, se convirtió en una abrasadora obsesión que proyectaba una tenue luz en el vacío de la oscuridad. Aún no podía morir. Recuerdos no era suficiente.

Selección de Daniel Osca.

Traducción de Yoko Ogihara y Fernando Cordobés.

Publicado por Sajalín Editores.

 

 

 

 

 

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