HUMO de Iván Turguéniev

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En todo y en todas partes necesitamos un amo. Casi siempre ese amo es un ser viviente; a veces es cierta tendencia, como, por ejemplo, en este momento, la manía de las ciencias naturales. ¿Por qué? ¿Qué motivos nos impulsan a someternos así, voluntariamente? Es un misterio. Sin duda, depende de nuestra naturaleza. Lo importante es que tengamos un amo, y no falta nunca. Somos verdaderos siervos. Nuestro orgullo, lo mismo que nuestra bajeza, son serviles.

30457539408Aunque en la actualidad sea mucho menos popular que sus contemporáneos Dostoievski y Tolstói, Iván Turguéniev sigue siendo uno de los escritores rusos del siglo XIX de mayor prestigio, cimentado sobre todo en los relatos que componen Memorias de un cazador (1852), en la novela corta Primer amor (1860) y en su gran novela Padres e hijos (1862). Menos citada que estas tres obras, Humo (1867) me parece otra de sus mejores novelas.

Su protagonista, Gregorio Mijailovitch Litminov, es un joven ruso de treinta años que está pasando una temporada en Baden-Baden. Allí, mientras espera la llegada de su prometida, Ticiana, y de la tía de esta, asiste a reuniones frecuentadas por compatriotas cuya personalidad es completamente ajena a la suya y que, en sus conversaciones, defienden ideas que le resultan absurdas y vacías, con la única excepción de Potuguin, con quien entabla cierta relación de amistad. Un día, se encuentra, acompañada de su marido, con Irene, la joven que lo abandonó años atrás, cuando estaban a punto de casarse. A pesar de que Litminov intenta evitarla, la insistencia de Irene en que la visite provoca que el amor vuelva a nacer entre ellos.

Maestro en la descripción de ambientes y personajes y en la expresión serena de los sentimientos más apasionados, Turguéniev compone en Humo una gran y cruel historia de amor y, a la vez, una feroz crítica de la sociedad rusa de su época, expuesta sobre todo por medio de las opiniones de Potuguin, personaje en el que quizá podamos identificar al propio autor. Ambos elementos centrales de la novela, su segundo enamoramiento de Irene y su hartazgo de todo lo que ve y oye a su alrededor, llevarán a Litvinov al escepticismo absoluto, a darse cuenta de que nada en la vida es de veras importante, de que todo acaba desapareciendo como el humo.

Litvinov observaba en silencio. Una reflexión extraña le asaltó. Estaba solo en su vagón. Nadie le molestaba. «¡Humo, humo!», repitió varias veces, y súbitamente todo le pareció convertirse en humo: su vida, la vida rusa, todo lo que es humano y principalmente todo lo que es ruso. «Todo no es más que humo y vapor», pensaba. Todo parece cambiar perpetuamente, sustituida una imagen por otra y los fenómenos suceden a los fenómenos; pero, en realidad, todo es la misma cosa. Todo se precipita, todo se apresura a ir no se sabe adónde, y todo se desvanece sin dejar huella, sin haber alcanzado nada. Sopla el viento, y todo pasa al lado opuesto, y allí vuelve a comenzar, sin descanso, el mismo juego febril y estéril. Recordó lo que había ocurrido ante sus ojos, durante aquellos últimos años, no sin tormentas y estruendos… «¡Humo! -murmuraba-. ¡Humo!…» Recordó las discusiones frenéticas, los gritos del salón de Gubarev, las disputas de otras personas situadas en altos lugares, progresistas y retrógrados, viejos y jóvenes… «¡Humo! -repetía-. ¡Humo y vapor!…» Recordó, por último, la famosa jira al Castillo Viejo, los discursos y las manifestaciones de otros hombres de Estado, y también todo lo que preconizaba Potuguin… ¡Humo y nada más!… ¿Y sus propios esfuerzos, sus sentimientos, sus ensayos y sus sueños? Esta evocación sólo provocó un desalentado ademán con la mano.

Traducción de Antonio G. de Linares.

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