DE LA EDUCACIÓN DE LOS HIJOS de Michel de Montaigne

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El beneficio de nuestro estudio es habernos hecho mejores y más sabios con él.

md31239479640A Michel de Eyquem, señor de Montaigne, contemporáneo de Cervantes y Shakespeare -triunvirato literario sin parangón-, se le reconoce como el padre del ensayo prácticamente como lo conocemos en la actualidad. Muchos de sus textos, de sus Essais, reflexiones repletas de lucidez, tolerancia y escepticismo, sorprenden todavía hoy no ya porque podrían ilustrar numerosos aspectos de nuestro presente, sino más aun por la absoluta modernidad de sus opiniones. Buen ejemplo de ello es el ensayo XXVI del Libro primero, titulado De la educación de los hijos, en el que aconseja a maestros y discípulos sobre cuestiones relacionadas con la enseñanza y nuestra formación como personas y del que aquí os dejo algunos fragmentos de los muchos que podrían escogerse. Montaigne, un lujo del pensamiento desde el siglo XVI.

No dejan de gritarnos en los oídos, como quien vierte por un embudo, y no nos toca sino repetir cuanto nos han dicho. Desearía que corrigiese ese aspecto y que empezando con buen pie, de acuerdo con el alcance del espíritu que tiene entre sus manos, empezase a ponerle a prueba, haciéndole gustar las cosas, elegirlas y discernirlas por sí mismo; abriéndole camino a veces, dejándoselo abrir otras. No quiero que invente y hable solo él; quiero que a su vez escuche a su discípulo. Sócrates, y más tarde Arcesilao, hacían hablar primero a sus discípulos y después hablábanles ellos.

Que no le pida cuentas únicamente de las palabras de su lección, sino del sentido y de la substancia; y que juzgue el provecho que ha sacado, no por el testimonio de su memoria, sino de su vida. Que lo que acabe de aprender se lo haga explicar de cien maneras distintas y aplicar a otros tantos temas diversos, para ver si lo ha comprendido y asimilado bien, tomando de las pedagogías de Platón el progreso de su instrucción. Es prueba de ardor de estómago y de indigestión que nos repita la carne cuando nos la hemos tragado. No ha desarrollado el estómago su función si no ha transformado la substancia y la forma de lo que se le ha dado para digerir.

Que haga que todo lo pase por su tamiz sin alojarle cosa alguna en la cabeza por simple autoridad y crédito. Que no sean principios para él los principios de Aristóteles, como tampoco los de los estoicos o epicúreos. Que le propongan esa diversidad de juicios: escogerá si puede, y si no, permanecerá en la duda. Solo los locos están seguros y resolutos.

Che non men che saper dubbiar m’aggrada. (Que, tanto cual saber, dudar me agrada: DANTE, Infierno 11, 93).

Que su conciencia y su virtud brillen en su hablar y no tengan más guía que la razón. Que le hagan comprender que confesar el error que él mismo descubra en su propio razonamiento, aunque solo él se haya percatado, es un acto de juicio y de sinceridad, que es lo que él persigue; que la obstinación y la disputa son cualidades vulgares, propias de las almas más bajas; que mudar de parecer y corregirse, abandonar un partido equivocado en el calor de la discusión, es cualidad rara, fuerte y filosófica.

Le prevendrán para que tenga los ojos bien abiertos cuando esté en compañía; pues creo que los sitios preferentes están ocupados de costumbre por los hombres menos capaces y que las grandes fortunas no van unidas a la inteligencia.

Sácase maravillosa luz para el juicio humano del trato con el mundo. Estamos encogidos y replegados sobre nosotros mismos y no vemos más allá de nuestras narices. Preguntáronle a Sócrates que de dónde era. No respondió: «De Atenas», sino: «Del mundo». Él, que tenía su imaginación más llena y más amplia, abarcaba el universo como si fuera su ciudad, llevaba sus conocimientos, su trato, sus afectos, a todo el género humano, no como nosotros que solo miramos lo que hay bajo nuestros pies.

Traducción de Almudena Montojo para Cátedra.

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