ONIBABA (1964) de Kaneto Shindo
Ahora que el cine fantástico que nos llega de Asia está tan de moda, no estaría de más r
ecuperar algunos clásicos como los del cineasta japonés Kaneto Shindo, que con films como Onibaba y Kuroneko (1968) le otorgó al género una mayoría de edad que se echa de menos en muchas producciones actuales.
Onibaba cuenta la historia de una mujer y su nuera que sobreviven durante una guerra asesinando y saqueando a los samurais perdidos que aparecen por sus tierras. La llegada de un joven soldado, al que la muchacha comienza a visitar por las noches, hará que salgan a la luz los celos entre las dos mujeres. Para evitar los encuentros de los dos jóvenes, la mujer aterrorizará a su nuera haciéndose pasar por un demonio de la noche, gracias a la horrible máscara que llevaba uno de los samurais a los que asesina.
Con una utilización maravillosa de la pantalla ancha y una espectacular fotografía en blanco y negro que consigue transformar en personajes la lluvia, el viento y la vegetación, el film de Shindo consigue aterrorizar mostrando, en un ambiente de pobreza y superstición, los más primarios instintos. El crimen, los celos, el deseo sexual, la desesperación y el miedo a lo desconocido llevan a las dos mujeres a olvidar su condición humana, y la maldición de la máscara de un samurai muerto será la portadora del castigo, en una escena final de una intensidad impresionante.
Film eminentemente físico y con una gran carga erótica, Onibaba recupera elementos tradicionales de la literatura fantástica. Como en el cuento de Jean Ray Josuah Güllick, prestamista (en este caso, un anillo), un objeto sobrenatural se introduce en la realidad para castigar la maldad; y como en El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde, el castigo marcará en el rostro del protagonista las huellas de su pecado.
Editada en DVD por Filmax.
BILLY WILDER, UN HOMBRE PERFECTO AL 60%
El documental Billy Wilder, un hombre perfecto al 60% (Portrait of a
“60% perfect” man: Billy Wilder, 1979), dirigido por Annie Tresgot, nos ofrece la entrevista que Michel Ciment realizó al cineasta en su oficina de Santa Monica Bulevard y en su apartamento de Westwood. La cosa no da para mucho, ya que apenas dura una hora, pero siempre es un placer escuchar a un tipo como Wilder contar anécdotas de su vida y su oficio.
El cineasta que se definió a si mismo como “un hombre perfecto al 60 %” repasa ante la cámara su infancia, sus años en Berlín como periodista -entrevista frustrada a Freud incluida-, sus primeros guiones en Alemania, y su huída a París tras la llegada al poder de los nazis, donde dirige Curvas peligrosas (Mauvaise graine, 1934), con Danielle Darrieux. Una vez en Hollywood, Wilder se suma a la “cadena de montaje” de los guionistas y escribe, entre otras, La octava mujer de Barba Azul (Bluebeard´s eighth wife, 1938) y Ninotchka (1939) para Lubitsch, Medianoche (Midnight, 1939) y Si no amaneciera (Hold back the down, 1941) para Mitchell Leisen, y Bola de fuego (Ball of fire, 1941) para Hawks. Pasa entonces a comentar su debut como director, sus relaciones con los actores, su colaboración con el director artístico Alexandre Trauner, o cómo nacieron algunos de sus proyectos, como El apartamento (The apartment, 1960), cuya idea original parte del film de David Lean Breve encuentro (Brief encounter, 1945). Y como regalo aparecen de vez en cuando Walter Matthau y Jack Lemmon contando anécdotas de su relación con Wilder y, de paso, haciendo un poco el ganso, lo cual siempre se agradece.
Editado en DVD por Suevia.
FILOSOFÍA A MANO ARMADA de Tibor Fischer
Si nos ciñéramos estrictamente a los cánones podríamos quedarnos con la sensaci
ón de que la buena literatura ha de ser necesariamente triste, como si el oficio de escritor llevara incorporado un unamuniano sentimiento trágico de la vida. Las novelas del británico Tibor Fischer se empeñan en llevarle la contraria a esta regla no escrita -como habrá comprobado quien haya leído su reciente última obra, Quién fuera Dios (Good to be God, 2008)-, y nos deparan a la vez el placer de la lectura y el sano ejercicio de echarnos unas risas.
Filosofía a mano armada (The thought gang, 1994) cuenta las andanzas del ex profesor de filosofía Eddie Féretro (¿homenaje a los detectives “Ataúd” Johnson y “Sepulturero” Jones, creados por Chester Himes?), holgazán, borracho, pervertido, y ciudadano modelo, que ha de huir a Francia al ser perseguido por la policía. Allí conoce al estrafalario ex convicto Hubert, y juntos deciden dedicarse a robar bancos, aunque siempre de la manera más educada y divertida posible. Y entre atraco y atraco (llegan a robar tranquilamente en el mismo banco dos veces), Eddie nos va recordando su hilarante pasado -las semblanzas de sus abuelos no tienen desperdicio-, e intenta encontrarle explicaciones a los disparates que le ocurren mediante una filosofía de andar por casa.
Fishe
r no deja en la novela títere con cabeza, y con las armas de la ironía, el absurdo y el humor más grueso -sobre todo en el descacharrente fragmento en que Eddie es objeto de las atenciones del pervertido camionero que le recoge cuando hace autostop, y en la sesión de espiritismo, con el espíritu del filósofo Hipónax despachándose a gusto a través de la médium Madame Lecercle-, y toda la tradición de la novela picaresca a las espaldas, arremete contra la educación universitaria, la policía, la banca, y demás estamentos que consiguen que cada vez sea más difícil encontrarle una explicación al mundo en que vivimos.
“Tuve un instante de elevación y medité introspectivamente acerca de tantos otros grupos de deshonestidad y perjuicio que eluden la atención policial: agentes inmobiliarios, políticos, albañiles, presidentes de organizaciones internacionales, dentistas: los sospechosos más obvios. Es indudable que, por ejemplo, si reunidos en una pradera se acordonara a todos los vendedores de autos usados y se los ametrallara debidamente, el mundo sería un lugar más habitable. Una conducta como ésa está relativamente mal vista en los círculos académicos, pero no deja de ser un mejoramiento de lo más efectivo si uno ametralla a la gente apropiada.
El robo de bancos, si se lleva adelante filosóficamente, no hace daño a nadie. Emocionamos. Entretenemos. Estimulamos la economía. Aceleramos los corazones. Provocamos pensamiento. Y además, incuestionablemente, es una mera ilusión. Uno se lleva el dinero, pero ¿dónde va a parar? A un banco. Como el agua, el dinero está atrapado en un ciclo, se mueve de banco en banco. Sólo lo sacamos fuera para que le dé un poco el aire fresco.”
Pura filosofía.
Publicada por Tusquets Editores.
CHARADA (1963) de Stanley Donen
Es muy posible que una película como Charada (Charade) nunca ocupe un pues
to en ninguna lista de las mejores películas de la historia, y probablemente no lo merezca si nos atenemos a su importancia en el desarrollo del cine, su influencia posterior, la ausencia de interpretaciones intelectuales en su argumento, y demás razones que nos importan más bien poco cuando nos sentamos ante la pantalla. Aunque nos hagan disfrutar una y mil veces, este tipo de films seguirá viéndose desplazado por el prestigio de egregios castigos firmados por Resnais, Pasolini, Bertolucci, Antonioni o, incluso, Robert Altman. Y es que, a veces, el género humano merece todo el aburrimiento que le caiga encima.
Charada es, sencillamente, un fiestón para los que buscan una buena historia que les mantenga clavados a la butaca durante un par de horas. Desde su inicio, con la escena que sirve de prólogo, los fantásticos títulos de crédito, la música de Henry Mancini, y el plano de una pistola apuntando a Audrey Hepburn, la película de Donen es como una montaña rusa que no da un momento de respiro. En el impresionante guión de Peter Stone -basado en una historia del propio Stone y de Marc Behm, autor de esa esa joya de la novela negra que es La mirada del observador (The eye of the beholder, 1980)- caben la intriga, la acción, el humor, el romanticismo, las sorpresas constantes y unos cuantos cadáveres, y el resultado, de la mano de Donen, es un manual de ritmo cinematográfico al que ni se acercan las películas actuales del género. Y, cómo no, al frente de un reparto de lujo (Walter Matthau, James Coburn, George Kennedy), Cary Grant y Audrey Hepburn, él veinticinco años mayor y qué más da.
Donen intentó repetir la fiesta tres años después con Arabesco (Arabesque, 1966), pero la cosa no acabó de cuajar. Yo, desde luego, volveré de vez en cuando a repetirla.
Editada en DVD por Universal.
FRITZ LANG. EL CÍRCULO DEL DESTINO
El breve documental Fritz Lang. El círculo del destino (Fritz Lang.
Le cercle du destin – Les films allemands, 1998) es un acercamiento al cine del realizador durante sus dos etapas en Alemania. La primera fue la que cimentó su prestigio en todo el mundo, gracias a películas mudas como Metrópolis (Metropolis, 1926) y a su primer film sonoro, M, el vampiro de Düsseldorf (M, mürder inter uns, 1931), que fue objeto de un remake dirigido por Joseph Losey en 1951 que no está nada mal. Cuando el nazismo llega al poder, Lang se marcha a Estados Unidos. Tras su periplo norteamericano, regresa a Alemania y realiza tres películas más, pero en esta ocasión son muy mal recibidas por la crítica alemana. Serán los realizadores y críticos franceses, como en otras ocasiones, los que exalzarán tanto sus films norteamericanos como los de su segunda etapa alemana, homenaje incluido por parte de Godard en su película El desprecio (Le mépris, 1963), según la novela de Alberto Moravia.
A través de diversas entrevistas con historiadores de cine, amigos y colaboradores del cineasta, los realizadores Volker Schlöndorf y Claude Chabrol, y el propio Lang, el documento, dirigido por Jorge Dana, analiza algunos aspectos de su cine -filosofía, arquitectura- y de su vida, principalmente su relación con el poder, las causas de su marcha a Hollywood, y la muerte de su esposa, de la que Lang fue sospechoso. Especialmente sabrosas son las opiniones del socarrón Chabrol -quien también homenajeó a Lang en su película Dr. M (Docteur M, 1989)- sobre la influencia del cineasta vienés en su cine y en el de Hitchcock, la muerte de la esposa (cree que Lang la asesinó), y el film Spione (1928), al que considera el mejor de la primera etapa.
“Lo característico de todas mis películas es la lucha contra el destino. No es el destino lo importante, sino la lucha.”
Fritz Lang
Editado en DVD por Divisa.
LOS CUENTOS DEL WHISKY de Jean Ray
Jean Ray es el seudónimo por el que más se conoce al escritor -además de marinero
y contrabandista- Raymond de Kremer, que alcanzó cierta popularidad gracias a la serie de novelas policiacas protagonizadas por el detective Harry Dickson. Su obra de culto es la novela de terror Malpertuis (1943), llevada al cine en 1971 por un tal Harry Kümel, que para muchos es una joya oculta y que realmente da miedo pero de lo mala que es. En ella aparecía Orson Welles en una de esas breves interpretaciones en las que se limitaba a pasar el cepillo.
La primera obra que Ray publicó fue Los cuentos del whisky (Les contes du whisky, 1925), una colección de breves relatos, casi anécdotas algunos, con la noche, la niebla y las sombras por escenario. Sus habitantes son marineros, usureros, prostitutas, taberneros, que conviven con seres de otro mundo, reales e imaginarios, demonios, fantasmas, y muertos que vuelven de la tumba para vengarse. Con el whisky como motivo recurrente e hilo conductor de los relatos, entre Los cuentos del whisky hay piezas magistrales como Una mano -que no me extrañaría que hubiese inspirado a Cortázar uno de sus primeros relatos, Estación de la mano (Cortázar, aunq
ue argentino, nació en Bélgica, como Ray)-, La venganza -que recuerda a El corazón delator de Poe-, o Mujercita amada, perfumada a verbena y El nombre del barco, dos maravillas que combinan el humor y la nostalgia, y que no cuesta imaginarlas filmadas por John Ford.
En el primero de esos cuentos, una escena de taberna, la ofensa de la que son objeto dos amigos es perdonada porque en labios de una mujer escuchan una canción que les trae tristes recuerdos:
”Si la artista hubiese cantado Werther, Lohengrin o cualquier otra cosa, la suerte de aquella pandilla de imbéciles, lo bastante incautos como para meterse en un antro de marineros, hubiera estado echada.
Pero la artista cantó Butterfly, y ello le fue inspirado y ordenado por Dios.
Y me explico la repentina mansedumbre de los dos granujas, insultados en su miseria por el lujo y por la alegría de los otros.
El recuerdo de una geisha deshecha en lágrimas, empequeñeciéndose cada vez más en el embarcadero, mientras el vapor huye apresuradamente del puerto encantado, acudió en auxilio de la evocadora en aquel momento tan próximo al crimen.
Y, con tanta firmeza como en Dios, creo en su gesto fantasmal de amante protegiendo a la bella joven de ojos color malva que cantó tan maravillosamente la inmensa piedad de las muchachas de puerto, una noche, en el Site enchanteur.”
En el segundo, unos marineros cobran conciencia de su soledad al discutir el nombre que le quieren poner a su barco:
“-¡Silencio! -dijo Hildesheim-. Este barco se llamará Loute.
-¿Loute? -inquirí-. ¿Qué diablos significa eso?
-Es el nombre de una niña -respondió Hildesheim.
-¡Ah! ¿Qué niña?
-Una niña rubia que le pide cuentos y céntimos a su padre, una niña que le convierte a uno en un hombre cuando no es más que una maldita mula, una niña por la cual se moriría de hambre cantando de placer, una niña por la cual se iría a robar las estrellas, la luna o el Gaurisankar… Una niña… ¡Ah, miseria divina!
-Hildesheim, viejo amigo -dijo Bobby Moos en voz muy baja-. ¿Quién es esa Loute?
-No exite -murmuró Hildesheim como en un soplo-. Es el nombre que hubiera dado a mi hija, si hubiese tenido una habitación con una estufa, y una mesa, y una cama, y una mujer a la que hubiese amado.
-Somos… unos… vagabundos… -fraseó Bobby Moos-, unos… perros…
-Loute -susurró Hildesheim.
Un triple sollozo ascendió, en medio de la oscuridad nocturna, hacia la eterna indiferencia de las estrellas.”
Publicado por Editorial Acervo.
LA MIGALA de Juan José Arreola

Coetáneo de Juan Rulfo, Octavio Paz y Carlos Fuentes, Juan José Arreola no goza hoy en día de la popularidad de los tres grandes de la literatura mejicana, aunque ha sido siempre considerado como uno de los grandes cuentistas de las letras hispanoamericanas. Su gran libro de relatos es Confabulario, cuya primera edición es de 1952 pero que irá aumentando y reeditando en sucesivas ocasiones, y que contiene varias piezas magistrales, como El guardagujas (de inspiración dickensiana), El rinoceronte (de inicio sorprendente e inmejorable: “Durante diez años luché con un rinoceronte; soy la esposa divorciada del juez McBride.”), Un pacto con el diablo (supongo que inspirado en la película de William Dieterle El hombre que vendió su alma (The devil and Daniel Webster, 1941), con Walter Huston), o La migala (una araña de gran tamaño), brevísimo relato que ha dado pie a múltiples interpretaciones. Aquí os dejo el cuento íntegro.
La migala discurre libremente por la casa, pero mi capacidad de horror no disminuye.
El día en que Beatriz y yo entramos en aquella barraca inmunda de la feria callejera, me di cuenta de que la repulsiva alimaña era lo más atroz que podía depararme el destino. Peor que el desprecio y la conmiseración brillando de pronto en una clara mirada.
Unos días más tarde volví para comprar la migala, y el sorprendido saltimbanqui me dio algunos informes acerca de sus costumbres y su alimentación extraña. Entonces comprendí que tenía en las manos, de una vez por todas, la amenaza total, la máxima dosis de terror que mi espíritu podía soportar. Recuerdo mi paso tembloroso, vacilante, cuando de regreso a la casa sentía el peso leve y denso de la araña, ese peso del cual podía descontar, con seguridad, el de la caja de madera en que la llevaba, como si fueran dos pesos totalmente diferentes: el de la madera inocente y el del impuro y ponzoñoso animal que tiraba de mí como un lastre definitivo. Dentro de aquella caja iba el infierno personal que instalaría en mi casa para destruir, para anular al otro, el descomunal infierno de los hombres.
La noche memorable en que solté a la migala en mi departamento y la vi correr como un cangrejo y ocultarse bajo un mueble, ha sido el principio de una vida indescriptible. Desde entonces, cada uno de los instantes de que dispongo ha sido recorrido por los pasos de la araña, que llena la casa con su presencia invisible.
Todas las noches tiemblo en espera de la picadura mortal. Muchas veces despierto con el cuerpo helado, tenso, inmóvil, porque el sueño ha creado para mí, con precisión, el paso cosquilleante de la araña sobre mi piel, su peso indefinible, su consistencia de entraña. Sin embargo, siempre amanece. Estoy vivo y mi alma inútilmente se apresta y se perfecciona.
Hay días en que pienso que la migala ha desaparecido, que se ha extraviado o que ha muerto. Pero no hago nada para comprobarlo. Dejo siempre que el azar me vuelva a poner frente a ella, al salir del baño, o mientras me desvisto para echarme en la cama. A veces el silencio de la noche me trae el eco de sus pasos, que he aprendido a oír, aunque sé que son imperceptibles.
Muchos días encuentro intacto el alimento que he dejado la víspera. Cuando desaparece, no sé si lo ha devorado la migala o algún otro inocente huésped de la casa. He llegado a pensar también que acaso estoy siendo víctima de una superchería y que me hallo a merced de una falsa migala. Tal vez el saltimbanqui me ha engañado, haciéndome pagar un alto precio por un inofensivo y repugnante escarabajo.
Pero en realidad esto no tiene importancia, porque yo he consagrado a la migala con la certeza de mi muerte aplazada. En las horas más agudas del insomnio, cuando me pierdo en conjeturas y nada me tranquiliza, suele visitarme la migala. Se pasea embrolladamente por el cuarto y trata de subir con torpeza a las paredes. Se detiene, levanta su cabeza y mueve los palpos. Parece husmear, agitada, un invisible compañero.
Entonces, estremecido en mi soledad, acorralado por el pequeño monstruo, recuerdo que en otro tiempo yo soñaba en Beatriz y en su compañía imposible.
El Confabulario definitivo está publicado por Ediciones Cátedra.
ESCRITO BAJO EL SOL (1957) de John Ford

Posiblemente sea Escrito bajo el sol (The wings of eagles) una de las películas que más excusas ha dado a los detractores de la obra de John Ford para esgrimir ciertas críticas que, desde luego, nada tienen que ver con el cine y mucho con la estrechez de miras. Para mí es su obra maestra menos reconocida, casi a la altura de ese repóquer de ases que forman ¡Qué verde era mi valle! (How green was my valley, 1941), El hombre tranquilo (The quiet man, 1952), Centauros del desierto (The searchers, 1956), El hombre que mató a Liberty Valance (The man who shot Liberty Valance, 1962), y Siete mujeres (Seven women,1965), todas ellas entre las mejores películas de la historia.
El film narra la historia real de Frank ”Spig” Wead (John Wayne), amigo de John Ford, aviador y miembro de la marina que, tras un accidente que le deja paralítico, se convierte en escritor de novelas, obras de teatro y guiones de cine -algunos para el propio Ford, como el de They were expendable (1945)-. En paralelo a su vida profesional se nos muestra la relación con los amigos de toda la vida y con su esposa Minnie (Maureen O´Hara), a la que abandona durante años en favor de su carrera militar. Precisamente será esa relación, nunca interrumpida del todo y varias veces reanudada, la que nos regale las mejores escenas de la película: el momento en que Minnie, acompañada de un suave movimiento de cámara, se sitúa detrás del sillón en que está sentado Frank y le acaricia el cabello, tras su propuesta de volver a vivir juntos, y los brevísimos flash backs en los que Frank recuerda los mejores momentos junto a ella.
Pasando de manera completamente espontánea -como nos ocurre en la realidad- de la comedia al drama, Escrito bajo el sol es una maravillosa muestra de una forma inimitable de hacer cine, de la que sólo Ford conocía el secreto. Nadie como él ha sabido, a través de sus personajes, los más humanos, llenar de vida cada plano de su filmografía.
Editada en DVD por Warner.
PICNIC EN HANGING ROCK (1975) de Peter Weir

Adaptación de la novela homónima de Joan Lindsay, que a su vez se basa en unos supuestos hechos reales ocurridos el día de San Valentín del año 1900, Picnic en Hanging Rock (Picnic at Hanging Rock) narra la desaparición de tres alumnas y una maestra de un internado durante una excursión a la montaña, la posterior aparición de una de las alumnas, que no recuerda nada de lo sucedido, y la repercusión del suceso en las personas involucradas, especialmente otra de las alumnas y la directora del colegio.
Cada plano de esta película, especialmente los que muestran la excursi
ón y la desaparición de las muchachas, son como pinturas puestas en movimiento por una cámara que se desliza sin que apenas lo notemos, con una iluminación y una fotografía que resaltan su tono onírico y misterioso -como el bellísimo momento en que Miranda, una de las chicas que desaparecen y eje central de la historia, se gira para despedirse y no volver jamás-, y una visión de la naturaleza desconocida y atrayente que simboliza el despertar de las muchachas a la sexualidad, presente de forma reprimida y oculta en casi todos los personajes.
Recuperando al Renoir de Una partida de campo (Une partie de campagne, 1936) y llevándolo al terreno de lo fantástico, Peter Weir realiza su obra maestra, una película plena de sensualidad y belleza que posiblemente tuvo muy presente Sofia Coppola al realizar Las vírgenes suicidas (The virgin suicides, 1999), y que quizás pueda incluso relacionarse con el cuento de Alice Munro Secretos a voces (Open secrets), que también narra la desaparición de una chica, a la que nunca se encontrará, durante una excursión. Como si la voz en off que abre el film fuese premonitoria, de sus imágenes se sale como de algún lugar que hubiesemos soñado.
“Lo que vemos y lo que parecemos no es más que un sueño. Un sueño dentro de un sueño.”
Así pues, pasen…y sueñen.
Editada en DVD por Avalon (Filmoteca Fnac).
CIUDADANO WELLES de Peter Bogdanovich y Orson Welles
Los inicios de Welles y Bogdanovich en el cine guardan cierta similitud. Ambos fueron
saludados como genios precoces -Welles por realizar a los 25 años Ciudadano Kane (Citizen Kane, 1941) y Bogdanovich a raíz de su segundo film, La última película (The last picture show, 1971)-, y ambos fueron cayendo en desgracia dentro de la industria hollywoodiense. La diferencia es que Welles siguió haciendo obras maestras contra viento y marea, mientras que Bogdanovich nunca acabó de responder a las expectativas que lo calificaban como el mayor talento de la generación de los Coppola, Scorsese o Spielberg y, de hecho, puede que acabe siendo más reconocido como estudioso del cine que como director.
Una de sus grandes aportaciones como cinéfilo es Ciudadano Welles (This is Orson Welles, 1992), una extensa recopilación de conversaciones en las que Welles pasa revista a toda su carrera, a sus películas como actor y director, a su labor teatral, a sus innumerables proyectos frustrados, etc. Como suele ocurrir en este tipo de obras, lo más jugoso son las anécdotas que explica Welles, su relación con los productores, guionistas y actores, y sus opiniones sobre la obra de otros cineastas, autocensura incluida. Aunque, en el caso de Welles, y como se observa en el libro, uno nunca debe creérselo todo.
Publicado por Ediciones Grijalbo.
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